Redacción por Megáfono Urbano: Malú González

Cada año, el 8 de marzo vuelve a colocar en el centro de la conversación pública las demandas del movimiento feminista. En Querétaro, la marcha del 8M 2026 reunió a miles de mujeres en el Centro Histórico con consignas contra la violencia de género, las desapariciones y la impunidad. Sin embargo, como ha ocurrido en otros años, un episodio de confrontación terminó dominando la discusión en redes sociales y medios digitales.

imagen por Malú González

El momento que encendió la polémica ocurrió cuando un hombre, identificado en un principio como fotógrafo, fue captado en video pateando a una manifestante durante la movilización. En cuestión de horas, el clip se viralizó en plataformas como X, Facebook e Instagram, generando indignación inmediata y múltiples interpretaciones sobre lo ocurrido.

La narrativa se dividió rápidamente.
Por un lado, algunos usuarios afirmaron que el hombre era fotógrafo y que reaccionó tras ser confrontado por un grupo de manifestantes. Por otro, colectivas feministas sostuvieron que no se trataba de un periodista acreditado y que su presencia dentro del contingente representaba una invasión a un espacio organizado principalmente para mujeres.

Pero más allá de quién tenga la razón en ese momento específico, el incidente deja ver un problema recurrente en las marchas del 8M en México: la tensión entre manifestantes, medios de comunicación y personas externas que participan o intentan documentar la protesta.

Las marchas feministas no son sólo manifestaciones públicas; también son espacios políticos y simbólicos donde muchas mujeres encuentran un lugar para expresar experiencias de violencia que rara vez tienen visibilidad en la agenda institucional. Por ello, varias colectivas establecen reglas internas para proteger a las participantes, como contingentes exclusivos para mujeres o restricciones a hombres dentro de ciertos bloques.

En ese contexto, la presencia masculina puede ser interpretada como una provocación o una intrusión, especialmente cuando no existe una identificación clara o un acuerdo previo con las organizadoras. El problema es que, en la práctica, estas marchas ocurren en espacios públicos donde también existe el derecho a documentar lo que sucede.

Ahí es donde entra el papel del periodismo.

Cubrir una protesta social implica responsabilidad, pero también sensibilidad. Los periodistas tienen la tarea de registrar lo que ocurre para la opinión pública, pero hacerlo sin respetar los códigos de las colectivas puede provocar conflictos como el ocurrido en el 8M de Querétaro.

El episodio del supuesto fotógrafo demuestra cómo, en la era digital, un solo momento puede redefinir la conversación. En lugar de hablar de las demandas del movimiento feminista —violencia, desigualdad o justicia— la discusión terminó concentrándose en un video viral y en la confrontación entre individuos.

Y ese es el verdadero problema.

Cuando el foco se desplaza hacia el conflicto, el mensaje central de la protesta se diluye. Las marchas del Día Internacional de la Mujer buscan visibilizar problemas estructurales que afectan a millones de mujeres, pero en muchas ocasiones la cobertura mediática termina centrada en los momentos de tensión.

El reto, tanto para manifestantes como para periodistas, es evitar que ese ciclo se repita. Las movilizaciones sociales necesitan visibilidad, pero también requieren que la conversación pública se mantenga en lo esencial: las razones por las que miles de mujeres siguen saliendo a las calles cada 8M.

Porque si algo deja claro lo ocurrido en Querétaro, es que cuando la discusión se reduce a un enfrentamiento aislado, se pierde de vista lo que realmente motivó la protesta. Y ese, quizá, es el mayor riesgo en la forma en que hoy consumimos y compartimos información.

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